El buque "Esmeralda", símbolo de la impunidad criminal en Chile

 The "Esmeralda" ship, a symbol of criminal impunity in Chile

Testimonio de Luis Vega Contreras


Declaración jurada de Luis Vega Contreras sobre las torturas infligidas a bordo del buque-escuela "Esmeralda" de la Armada de Chile en septiembre de 1973.


En Tel Aviv, Israel, el 22 de abril 1976, yo Luis Vega Contreras, chileno, abogado, cédula de identidad N° 255.671 de Valparaíso, declaro, bajo fe de juramento, lo que sigue :


Durante el Gobierno de la Unidad Popular del Presidente Salvador Allende fui jurista en el Ministerio del Interior. Como abogado del Gobierno, era consejero jurídico de los Intendentes de las provincias de Valparaíso y de Aconcagua.


A las 20 horas y 20 minutos, el 11 de Septiembre de 1973, los oficiales de Carabineros Castro y Stange concurrieron a mi domicilio, situado en el edificio de la Defensa Nacional, en calle Pudeto 351, en compañía de algunos policías, y de un numeroso grupo de soldados y de detectives, todos armados con metralletas, y desplazándose en varios vehículos. Me ordenaron acompañarlos y llevar mis efectos personales. Así lo hice. Registraron mi departamento. Me hicieron subir en un camión basurero.


Enseguida, pasamos a buscar a otras personas, entre las cuales recuerdo a un miembro del Congreso, y a un miembro del Consejo. Llegamos a un muelle hacia las 21.20 hrs., y allí los oficiales Castro y Stange nos entregaron al Comandante de la « Esmeralda », el buque-escuela de la Armada. Nos hicieron detenernos en el muelle, y allí vimos gente extendida en el suelo, o de rodillas con las manos detrás de la cabeza. Un Guardiamarina de aspecto nórdico, cuya pertenencia a la organización terrorista fascista «Patria y Libertad » yo conocía, me golpeó, sin decir palabra, en el cuello, y luego a la altura del riñón derecho, con la culata de su fusil. Enseguida, fuimos conducidos, bajo golpes y bajo las más groseras injurias, al pañol de los Guardiamarinas, en cuya entrada un letrero indicaba sarcásticamente : «Reservado a los socios : entrada prohibida». Fui lanzado al suelo ; estaba muy oscuro, y las lámparas habían sido pintadas o cubiertas de rojo. Algunos marinos se cubrían el rostro con máscaras cubiertas de pintura fluorescente. A penas me había puesto de pie, que unos marinos llevando capuchones negros nos empujaron y nos lanzaron al suelo, golpeándonos. Me pusieron el cañón de su arma en la nuca, apoyando el pie sobre mi espalda. Todo ello, acompañado de aullidos infernales, de gritos, de insultos. Me arrancaron la ropa y se apropiaron de lo que llevaba en ellas. Yo llevaba una gruesa cadena de oro al cuello : me alzaron por los cabellos, y me la arrancaron : llevo todavía en el cuello las marcas de su brutalidad. Enseguida, dirigieron hacia mi, que estaba totalmente desnudo, un chorro de agua de mar, con una manguera a alta presión. Esto duró por lo menos cinco minutos, si no más. Me tiraron al suelo a patadas. Me amarraron las muñecas y me entrabaron los dedos. Así amarrado, fui sometido de nuevo al fuerte chorro de agua de mar a presión. Ese impacto me causaba dolores insoportable en la cabeza, los oídos, los ojos, los pulmones. Para mantenernos bajo el chorro de agua, nos picaban con lanzas fabricadas de un madero con una punta metálica en su extremo.


Un poco más tarde, nos lanzaron de nuevo al suelo, y cada quince minutos, después de que nos golpeaban con sus pies y con el cañón de sus fusiles, nos volvían a poner bajo el chorro de agua. Mientras me golpeaban, me decían que habían encontrado en mi domicilio diez lingotes de oro y también alimentos ; me decían que ellos sabían que yo era el jefe de un complot destinado a matar a los oficiales de la Marina ; decían también que yo era uno de los jefes del GAP (dispositivo de seguridad y escolta del Presidente Allende). Durante 72 horas no pudimos dormir, a causa del chorro de agua, de los golpes y del hecho que nos contaban cada cuarto de hora. La primera noche éramos 7 hombres y una mujer, en el pañol de Aspirantes. Estábamos desnudos. En uno de las cuentas ulteriores llegamos a haber 40 hombres y 72 mujeres.


Los marinos trataban a las mujeres de manera escandalosa. Les tocaban los pechos, las caderas, las nalgas. Todos estábamos desnudos y sometidos al chorro de agua de mar. Uno de los marinos, al que llamábamos « El Pájaro de la tortura » golpeaba continuamente las puertas metálicas para impedirnos dormir. De cualquier modo, dormir era cosa imposible, a causa de los continuos gritos que se escapaban de las cámaras de tortura ; en ellas se aplicaba electricidad y el « teléfono » (tortura en que se golpea simultáneamente sobre los dos oídos, lo que provoca violentos dolores), así como otras salvajes torturas. Los nombres de quienes debían ser interrogados por los « inspectores » eran anunciados a gritos.


Recuerdo a un joven al que venían a buscar tres o cuatro veces por noche y que traían de retorno medio inconsciente ; su sangre caía sobre mi rostro y mi espalda. No podía limpiarlo, porque durante mi estadía en la « Esmeralda » estuve ya sea extendido sobre el vientre o sobre la espalda, con las manos detrás de la cabeza. Esto acarreaba tales calambres, que era casi imposible mover los miembros o el caminar cuando se está de pie.


El 13 de septiembre, hacia las 21 horas, fui conducido al sector de Oficiales, en el puente. Allí estaban nueve miembros de los servicios de espionaje y de la policía, así como un funcionario de Investigaciones, aunque me dio más bien la impresión de pertenecer a la Armada nacional. Durante ese trayecto, mis guardianes me dijeron que yo sería ejecutado inmediatamente, por ser comunista, traidor a la Patria y a las Fuerzas Armadas. Me pusieron de pie contra un panel y se quedaron en silencio. Uno de ellos me ordenó cerrar los ojos y gritaron « Fuego ! ». Nada sucedió.


Cuando iba al sector de Oficiales, iba descalzo, con los ojos vendados y con los brazos amarrados. Me dieron una frazada, cigarrillos y una taza de café. Luego me interrogaron durante cuatro horas sobre diversos temas en relación con mi trabajo en la Seguridad Interior y sobre algunos procesos que estaban en curso. Sabían que mis funciones eran absolutamente legales y que yo no pertenecía a ningún partido político. Sin embargo, al término del interrogatorio, mis guardianes me dijeron : « Sabemos que mentiste y que eres un traidor ; tenemos órdenes de lanzarte al fondo del mar ». me habían vendado de nuevo los ojos. Agregaron : « Vamos a dejarte elegir : quieres que te amarremos los pies con cadenas, o prefieres un ancla ? ». Respondí : « Un ancla ». Uno de ellos me preguntó porqué. Respondí : « Porque sé que tienen pocas, y que son muy caras ». Me pusieron bajo el chorro de agua salada y me mantuvieron allí largo tiempo ; estaba casi ahogado. Luego, me mostraron una persona que yo conocía, un ingeniero. Estaba desnudo y tenía en su espalda heridas causadas por los choques contra los pilares metálicos del castillo de popa. Era a causa de los choques eléctricos que se había golpeado contra esos pilares. Sus heridas estaban cubiertas de sal de mar. Me obligaron a pisotearlo y a hacer penetrar con mis pies la sal de mar en sus heridasŠ No se quejaba, y parecía estar semi-inconsciente. Tuve que hacerlo bajo los golpes y la amenaza de las metralletas.


El 14 de septiembre, hacia la hora del crepúsculo, los torturadores nos dijeron : « Vamos a ser gentiles, van a poder hacer gimnasia ». Dado que podíamos apenas mantenernos de pie, nos habíamos apoyado en unos muebles para comenzar los ejercicios, cuando escuchamos disparos que provenían de diversos lugares de la ciudad. Uno de los torturadores subió al puente, y volvió diciendo : « Van a atacar el muelle para salvar a estos hijos de pŠ », y comenzaron a propinarnos golpes con el cañón de sus fusiles, con sus pistolas y con laques de caucho. Sergio Vuskovic recibió tantas patadas, que cuando la Cruz Roja Internacional llegó a Dawson, tenía todavía las marcas de hematomas.


Los torturadores del sector de Oficiales nos dijeron : « Si los comunistas llegan a la Puerta Verde, los mataremos a todos ustedes ». Los tiros seguían sin interrupción, eran tiros de metralletas y de ametralladores, dirigidos hacia los cerros. Eran constantes y no cambiaban de dirección. Si realmente hubiera habido un enfrentamiento, los tiros habrían sido irregulares y discontinuos. De pronto, cesaron.


En esta declaración no puedo expresar el miedo, los gritos, los sollozos de las mujeres detenidas junto a nosotros. Algunos torturadores decían que había que matarnos inmediatamente. Se veía que estaban en un estado de terror, de histeria y de cobardía, al límite de la desesperación mental. Algunos decían que deberían arrastrar nuestros cadáveres por las calles, para que los terroristas cesaran su actividad.


Esa misma noche, una hora más tarde, comenzaron a llegar otros detenidos. Después de haber sufrido la habitual etapa de los golpes y los chorros de agua , los detenidos nos contaron que habían sido arrestados en circunstancias que volvían tranquilamente a sus domicilios. No comprendían lo que les sucedía, ni de estar acusados de participación en «ataques contra regimientos ». Curiosamente, ante esas acusaciones, todos decían : « Escuchamos disparos, pero no vimos a nadie dispararle a nadie ».


La tortura era general, y los marinos estaban entrenados a ella. Digo « marinos » porque ellos se identificaban como tales. Nos decían que el tratamiento que nos infligían era el « tratamiento de prisioneros » que les habían enseñado en Las RocallosasŠ « Somos brutales porque así nos formaron en Las Rocallosas ».


El sábado 15, la mayoría de los hombres, salvo algunos, fueron llevados en fila india, rodeados de guardias, a bordo del buque mercante « Maipo ». En el trayecto vimos que cientos de hombres torturados y amarrados, yacían en la cubierta, en los puentes y en las calas del « Maipo ». También, una multitud de hombres de rodillas, con las manos detrás de la cabeza. Los guardias nos obligaron a apoyarnos contra un muro, con las piernas extendidas. Los militares nos insultaban con vulgaridad, groseramente, y nos decían que nos iban a fusilar inmediatamente, que no tenían tiempo para perder con nosotros. Nos hicieron bajar, desnudos, a las calas repugnantes, sin agua. Hacia las 14 horas, hubo una orden de llevarse a 6 de entre nosotros, que fueron conducidos posteriormente a Pisagua.


Volvimos a bordo de la « Esmeralda » encuadrados por una gran cantidad de guardias armados hasta los dientes. En el muelle, tuvimos que pasar sobre cientos de hombres y mujeres extendidos boca abajo. Había hasta cinco capas de seres humanos superpuestos los unos sobre los otros, y naturalmente los de más abajo sufrían terriblemente.


En la cubierta de la « Esmeralda », salvo en los portalones, pero sí en los corredores y en los puentes, había filas de hombres unos sobre otros ; pedían agua, lloraban, se quejaban de cansancio, de hambre, de dolor. El mismo guardiamarina de « Patria y Libertad » que me había golpeado la primera vez que subí a bordo, me obligó a acostarme sobre unos obreros de la construcción que estaban acusados de haber participado en le tiroteo de la noche anterior. Fuimos dejados allí un tiempo, porque nuestro destino era diferente del de los demás prisioneros. Nuestro guardia nos condujo a nuestra celda, en el sector de los Aspirantes. A nuestro regreso, el « Pájaro de la tortura », que estaba abajo de la escalera, nos dijo « Ingratos, se fueron sin despedirse », y los golpes recomenzaron. Yo le respondí : « No pueden ustedes saber lo contentos que estamos de regresar ; nos habíamos acostumbrado tanto a su manera de golpear y a todo lo de aquí, que allá todo nos era desconocido ».


El primer día me golpearon mucho porque entre mis papeles personales tenía fotos de mis dos hijos de uniforme y con metralletas en las manos. Sostenían que eran « guerrilleros » y que yo debía indicarles donde se encontraban. Pero mis hijos eran soldados en Israel, y las fotos eran las mismas que todos los jóvenes enviaban a sus padresŠ


Al día siguiente me llevaron al castillo de popa. Me di cuenta que allí había sólo una persona. Apenas llegué, me golpeó a la altura de los riñones y me propinó patadas de karate en las piernas, el estómago y los brazos. Me aplastó los pies y me infligió el « teléfono ». Estaba yo amarrado a un pilar de hierro, y me aplicó choques eléctricos en las tapaduras de los dientes, lo que me produjo dolores intolerables. Me hizo preguntas precisas sobre mis relaciones con Oficiales del Ejército, de la Policía, de la Armada, y sobre las relaciones de estos con el Gobierno de la Unidad Popular y con los partidos políticos de Gobierno. Me interrogó también sobre informaciones que me habrían proporcionado sobre las Fuerzas Armadas. Mientras me golpeaba me preguntó : « Podrías reconocer mis manos ? ». Yo le respondí : « Señor, tengo los ojos vendados, no escucho nada con todos estos trapos que me cubren y los golpes que recibo ; y de todas maneras, para golpearme, una mano vale la otra ». En lo que respecta a los Oficiales sobre los que me interrogaba, de Almirantes a Tenientes y otros oficiales de diversas ramas, mis relaciones con ellos eran estrictamente profesionales, así como lo era su comportamiento conmigo. Con muchos de ellos mis relaciones no pasaron de un saludo, como cuando concurría a la oficina de José Toribio Merino por problemas ligados a mi puesto de abogado del Gobierno y de la empresa de equipo industrial y sanitario de Valparaíso. No pude aceptar ninguna de esas acusaciones, tan pueriles.


La situación era increíblemente caótica : hacían acusaciones diversas, y luego las mezclaban. Acusaban a las mujeres de formar parte de grupos guerrilleros o de ser enfermeras en hospitales de campaña ; por doquier había lamentos, violencia, terror. Vi llegar a mis amigos cubiertos de orina y de excrementos. Fui testigo - otros conmigo- que a mujeres que tenían sus reglas y que pese a sus protestas, eran obligadas a desnudarse y eran sometidas al chorro de agua. Vi golpear salvajemente a un ciudadano italianoŠ Vi y escuché a uno de mis amigos gritar de dolor : lo habían arrestado estando enfermo en su lecho y lo habían traído, arriesgando su vida. Vi como otro de mis amigos, enfermo y alejado de toda actividad política, era golpeado.


Vi perder la razón a un joven de apellido yugoslavo. Vi torturar a estudiantes venezolanos, bolivianos, peruanos, argentinos y uruguayos de la Universidad de Chile y de la Universidad Santa María. Les cortaban los cabellos de manera grotesca con cuchillos de comandos. Los torturadores me golpeaban para mostrar a esos jóvenes estudiantes extranjeros cuan valientes éramos los chilenos, ya que habíamos cesado de quejarnos.


El 18 de septiembre no nos interrogaron, pero nos golpearon como los demás días. Uno de los torturadores se puso un guante de baseball « para que haga ruido, pero sin dolor ». Fue la mayor concesión que nos fue hecha.


El 19 de septiembre volví a ser llevado a la toldilla de popa: esta vez, el hombre que me había aplicado choques eléctricos y que estaba interesado por los oficiales de la Armada Nacional y otros sectores de la Defensa, ya no estaba sólo. Se oían otras voces. Apenas llegado, me preguntó: "Sientes el olor a mierda? Es uno de tus compinches que acaba de cagarse bajo los choques eléctricos". Le respondí: " Con todos estos trapos, apenas puedo respirar, no huelo nada". Me dijo: "Tienes suerte, huevón, yo no puedo ya soportar esta hediondez". Luego agregó: "Me contaste puras mentiras, querido Luis; engañaste a los que te interrogaron. Te burlaste de mí, y te crees muy hábil, pero ahora vas a ver quien soy yo". Yo estaba desnudo, con los ojos vendados y las manos amarradas a la espalda. Me desató las manos y me las amarró al pilar de hierro con una esposas. Me dijo: "Sé que has practicado karate: vamos a ver como está tu condición física". Me golpeó en el estómago, en el hígado, en los hombros. Me dijo que él conocía un golpe llamado "el martillo", que nadie podía resistir. Lo realizó en mis dos hombros, y mis 2 brazos quedaron totalmente paralizados; pero no dejé escapar ni una sola queja. Este individuo era el mismo que ya me había torturado antes, él sólo. Reconocí su voz, su aliento cargado de alcohol. No olvidaré nunca esos momentos. Me preguntó si sentía dolor. No sé porqué le respondí "No, no más del dolor que se siente cuando uno mismo practica karate".


Este "inspector" dijo que yo mentía, y que mi único objetivo era defender a "ese traidor de Allende", que yo también era un traidor, y que no lograría engañarlo a él. Decidió aplicarme nuevamente choques eléctricos, pero esta vez tenía la ayuda de otros. Me exigía que confesara y que firmara mi declaración. En ese momento, entró otro Oficial y le dijo que no era necesario el usar la electricidad conmigo, ya que tenían otras instrucciones en lo que a mi respectaba. Este nuevo Oficial me hizo nuevamente una proposición que ya me habían hecho: colaborar con ellos denunciando a mis compañeros. De ese modo, podría continuar mi carrera funcionaria, persiguiendo a quienes atentaran contra la seguridad del Estado. Decían que me hacían esta proposición porque yo era un funcionario, y no un dirigente político. Les confirmé que yo era un jurista y funcionario, pero que actuaba siempre según mi conciencia, y que esta me dictaba vivir como siempre lo había hecho.


El "inspector" me dijo entonces: "Habla!". Le pregunté: "de qué quiere que le hable?". Dijo: "Dinos porqué tal persona fue designada para tal trabajo; háblanos de los problemas que el Almirante [x] tuvo con la Unidad Popular. Háblanos de los oficiales de las otras ramas de las Fuerzas Armadas y de Orden". Según él, el Almirante [x] ya había sido arrestado.


Hablé durante 30-40 minutos. A un momento dado, el "inspector" me dijo: "Querido Luis, has mezclado todo, esto es más enredado que un plato de tallarines; mejor que vuelvas a tu coy (hamaca)". Fui devuelto al sector de los aspirantes. No fue posible reposarme, pues hombres y mujeres eran constantemente sacados para ser torturados.


Un funcionario de Aduanas fue torturado a bordo de la "Esmeralda"; tras una de las sesiones se suicidó saltando por la borda y ahogándose.


En la madrugada del 20 de septiembre 1973 me encontraba tendido en el suelo, con las manos sobre la cabeza, cuando alguien vino, hacia las 3 de la madrugada, y me ordenó vestirme, afeitarme y recoger mis efectos personales, que me devolvieron; estaban todas mis cosas, salvo mi tarjeta de identidad, mi permiso de conducir, mis documentos del Ministerio del Interior, y mi cadenilla de oro.


Junto con otros 3 prisioneros, fui llevado a un minibus de la Academia de Guerra Naval, tipo 4 y media de la madrugada, rodeado de una cantidad impresionante de guardias. En el bus, un sargento nos dijo: "Tenemos órdenes precisas en caso de que ustedes hablen o se muevan". De allí, nos condujeron a la Base Aeronaval de Quintero y fuimos embarcados en un avión con rumbo a la Isla Dawson.


Nunca más volví a ver la "Esmeralda". Hasta el 10 de septiembre 1973, el barco había sido para mí, como para los diez millones de chilenos, "La Dama Blanca", el orgullo nacional. Representaba la democracia chilena, la virilidad, la caballerosidad de los Oficiales y Marinos chilenos. Después, se ha convertido en una cámara de torturas, de flagelaciones, una prisión flotante que simboliza el horror, la muerte y el terror para los hombres y mujeres de Chile.


Mi presente testimonio se refiere a los 10 días que estuve prisionero en el sector de aspirantes, y en que fui torturado en la toldilla de popa y en otros lugares de la "Esmeralda".


Luis Vega, Tel Aviv, 1976


La presente versión en español de este testimonio es una traducción del texto francés aparecido en el libro "Chile: Informe sobre la tortura y los desaparecidos" publicado por Amnesty International, Ediciones EFAI, Paris 1981, Index AI : SF/AMR/22/81.


Traducción al español del Comité Memoria y Justicia: Chile - Suiza - América Latina, Ginebra.


 

Pagina puesta al dia / Updated 31 December 2005     -       Webmaster