"Esmeralda", fragata infernal
por José Steinsleger
FUENTE: La Jornada, México, D.F.
FECHA: 14 de abril del 2004
Un país que entre sus naves cuenta con un buque insignia tiene de qué
enorgullecerse. De niño, uno de mis paseos favoritos consistía en visitar la
fragata Libertad cuando anclaba en el puerto de Buenos Aires, hermoso buque
insignia de tres palos. Hasta el día que en Valparaíso quedé azorado ante los
cuatro palos de la Esmeralda, belleza homóloga.
Los buques insignias suelen ser escuelas que tienen por misión completar la
formación profesional de los guardiamarinas. Además, estos navíos conllevan la
noble misión de ser embajadas itinerantes, contribuyendo a difundir la imagen
del país en los puertos del mundo.
Las primeras escuadras de Chile y Argentina guardan origen histórico similar y
nacieron ligadas a la causa de quienes no andaban en chiquitas. Patriotas que en
tierra peleaban por lo nuestro y en el mar, junto a europeos y estadunidenses,
aprendían los gajes del oficio: los palos de una fragata se llaman bauprés,
trinquete, mayor y mesana; las velas pueden ser de 15 tipos: madrás, estays,
trinquetilla, cangreja...
¿Quién no soñó alguna vez con navegar por los mares del globo, cruzar el Cabo de
Hornos, donde en 350 años 160 barcos acabaron en los feudos de Neptuno, o librar
batallas como aquellos corsarios reacios a la piratería liberal, que sirvieron a
la causa de la independencia hispanoamericana? El irlandés William Brown y el
francés Hipólito Bouchard en Argentina, el inglés Thomas Cochrane, "guerrillero
del mar", en Chile, y tantos europeos y yanquis revolucionarios que lucharon
junto a los pueblos de México y Perú, Brasil y Venezuela, Cuba y Ecuador.
Con los primeros gritos de independencia, de Ushuaia a California vivieron
hombres y mujeres convencidos, quizá prematuramente, de que sólo un espíritu
políticamente confederado podía evitar lo que hoy, sin catalejo, salta a la
vista: el remendado velamen de tantas patrias chicas enajenadas por capitanes
sin brújula ni timón.
Uno de ellos, en la ceremonia de despedida de La Dama Blanca (como el pueblo
chileno llama a la Esmeralda), dijo en Valparaíso el 6 de abril de 2003: "Con
ustedes zarpa el espíritu de la Armada de Chile y también zarpa un país
orgulloso con lo que se está haciendo. Durante esta travesía... ustedes son una
embajada especial que envía Chile en sus deseos de integrarse en un mundo
global".
Las palabras del "socialista" Ricardo Lagos, presidente de Chile (¡ejem!),
chocaban con las del almirante Jorge Arancibia, ex comandante de la Armada,
actual senador de la pinochetista Unión Democrática Independiente (UDI) y primer
marino en reconocer que el Esmeralda fue un campo de concentración donde se
aplicó tortura después del golpe de Estado de 1973.
No voy a explayarme acerca de lo difundido por organismos de derechos humanos
que sustentan lo manifestado por Arancibia, quien ensayó un curioso mea culpa en
la televisión chilena: "Era como un partido de futbol en que van uno a uno y hay
que ganar, y están las barras de uno y otro lado". Más bien creo necesario
destacar el comentario del señor embajador de Chile en México, cuando en
Acapulco calificó de "antipatriotas" y "anclados en el pasado que se guían por
rumores" a las personas que protestaron por la visita del buque (La Jornada,
11/4/04).
¡Qué ruindad! ¿Pero acaso el cinismo y la cobardía no han sido velos recurrentes
en los gobiernos de la concertación? Recordemos al ex presidente demócrata
cristiano Patricio Aylwin: "Pinochet se ha ganado mis respetos" (El País,
08/4/91); o al bilioso "socialista" José Miguel Insulza, ministro del interior:
"no tiene mucho sentido comenzar la persecución de miles de personas que
participaron en torturas para llegar a 'la verdad que sabemos todos'" (La
Jornada, 15/2/01).
Por tanto, mejor cuidarse de esos caballeros (tan antipopulistas, tan de
izquierda ellos) que del caballero de la muerte real, quien a los 88 años y con
322 querellas criminales encima, sigue siendo coherente con lo que piensa y
siente: "son los comunistas los que deben pedirme perdón". Cosa que se entiende.
Así están las cosas en el país que hoy envía soldados para la "reconstrucción"
de Haití y mercenarios para la "reconstrucción" de Irak. Michelle Bachelet,
ministro de Defensa, dijo que la segunda iniciativa está "dentro del marco de
las libertades individuales". ¿Pensaría lo mismo su papá, el general Alberto
Bachelet, muerto a causa de las torturas recibidas en la Academia de Guerra
Aérea el 14 de marzo de 1974?
Cuando quería ser corsario vi una película formidable: La fragata infernal, con
Peter Ustinov y Robert Ryan. En batalla librada en alta mar con un mercante
británico, la fragata infernal se impone y recluta marineros por la fuerza. La
nave victoriosa se llamaba Vengador. La que se fue a pique se llamaba Derechos
del hombre.