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Miguel Woodward, fiel a Jesucristo
Sangre del sacerdote torturado hasta la muerte en La Esmeralda sigue manchando a
cobardes que perpetraron el crimen y no han reivindicado su nombre.
Por: Hernán Narbona Véliz
FUENTE: politicayactualidad.com
LOS CLAVELES ROJOS se fueron entrecruzando en el círculo hecho con piedras a la
vera del camino, simbolizando una fosa común que alguna vez estuvo allí. El
viento sur golpeaba con su látigo de hielo, mientras las voces se perdían en el
mar y los acantilados, recordando la muerte de un justo, de un cristiano
ejemplar, hijo de ingleses, pero que abrazara con vehemencia la lucha por los
más pobres en un lejano país, largo y flaco como él mismo lo era, que soñaba con
fundar un mundo solidario, en medio de la traición y la soberbia. Un mártir que
es recordado por quienes lo respetaron y amaron. Un crisol de voces que desde la
tierra exigen una disculpa, exigen una señal mínima de caballerosidad de parte
de sus victimarios para reivindicar su memoria.
En un círculo, las manos añosas se fueron uniendo, 'levántate y mírate las
manos, para crecer estréchala a tu hermano', las canas flameaban y eran muchos
rostros que trataban de ubicarse unos a otros, desde esos archivos de memoria
que cada cual guardaba desde ese tiempo bueno que nos había unido.
Como en las catacumbas, los cristianos por el socialismo de ayer cruzaban al
camposanto, eludiendo pasar frente a los cuarteles, bajando luego por un muro
roto del cementerio hacia una senda inconclusa, que alguna vez talvez sea el
camino costero sur, hacia Laguna Verde. Allí se descubrió hace muchos años una
fosa común en donde habría sido ocultado el cadáver de Miguel Woodward, allí o a
cincuenta metros, no importaba, era simplemente un espacio entre un muro roto
del cementerio 3 de Playa Ancha y los acantilados. Un espacio estrecho entre la
muerte ortodoxa de los féretros y la vida liberante de ese horizonte rizado por
espumas blancas, con rocas que emiten sus carcajadas invitando al vértigo.
Allí llegaron como en una procesión sin imágenes, sin rosarios ni incienso. No
hubo padres nuestros para el cura Miguel Woodward, simplemente se cerró el
círculo, se abrazaron las parejas, se les agregaron algunos jóvenes y también
algún niño. Surgió una guitarra, un solo grito de Presente!!! y vinieron los
testimonios.
Sin grandes amplificaciones, pero sin necesitar micrófonos, la voz del filósofo
Jaime Contreras Páez, discípulo del cura gigantesco en la Universidad Católica
de Valparaíso, comenzó a tronar como la voz autobiográfica de Miguel Woodward,
inglés, cura seglar, cura obrero, asesinado en la tortura a bordo del buque
Escuela Esmeralda. Un cura que nunca dejaría de serlo, pese a haber sido
estigmatizado por un Obispo que pretendió separarlo de la Iglesia, a la vez que
adjudicaba el golpe de estado al patrocinio de la virgen María. Miguel Woodward
reía de tales pretensiones, era un cura de la punta del cerro, un cura bregando
por los pobladores. Un compañero y guía de esos jóvenes cristianos por el
socialismo que habían abrazado esa misma forma vivencial de aplicar el
evangelio, asumiendo la vida con los pobres, compartiendo con ellos,
enseñándoles, aprendiendo de ellos, pecando quizás de entusiasmo revolucionario,
pero con las manos limpias, con sólo las ideas como gran espada.
La cita había sido a mediodía del 21 de septiembre, al cumplirse 30 años de su
asesinato. Justo cuando la primavera emergía, pero con un sol frío todavía, con
mucho dolor pendiente. Poco a poco, como en un rosario de milagros gozosos y
dolorosos, los que conocieron a Miguel describieron un trozo de su vida. Nada
que temer dijo Miguel, así se despide de sus vecinos, encara así a sus
aprehensores, que lo golpean, buscando quebrar su enorme estatura, tratando de
doblegar su espíritu noble. Quizás Camilo Torres, el cura revolucionario que
inspiraba sueños de revolución, estaba por allí dando vueltas. Miguel planteaba
y vivía un ideario de entrega, el que postulaban las nuevas escrituras, la misa
cantada en español, con guitarras, pan y vino de verdad. Símbolos de los
perseguidos revolucionarios, que querían serlo más que los mismos marxistas, que
rompían estructuras y jerarquías, que iban en su dinámica avasalladora
construyendo su breve sueño de mil días. Hasta que la electricidad del tormento
trituró toda esa vida y alguien lo vio cuando lo sacaban en camilla de la
Esmeralda, con sus pies enormes, casi agónico, y lo llevaban al Hospital Naval.
Un hombre bueno que vino a vivir una causa lejana y la hizo propia, renunciando
a la comodidad de la aristocracia londinense. Una oveja negra de una familia
tradicional inglesa que quizás nunca entendió su aventura pero vivió remecida su
interminable vía crucis.
Los hombres y mujeres se van separando, se convocan para mantener la red,
intercambian correos electrónicos, para seguir siendo voceros, para restablecer
la dignidad de su memoria calumniada por la prensa de época, esa prensa
sediciosa que encubrió el crimen y le imputó a Miguel Woodward situaciones
indignas. Un intento de borrar de la memoria al mártir sacerdote obrero y
seglar, rebelde, militante del MAPU, comprometido hasta la sangre con el mensaje
más sustantivo de Cristo, dando hasta la vida misma por un ideal, sin quebrarse,
resucitando en la verdad que representó su vida.
Como en las catacumbas, los viejos ideólogos y militantes de los cristianos por
el socialismo, se retiran, más cristianos, pero menos socialistas, asumiendo el
tiempo, asumiendo el costo de sueños pisoteados, tratando de recuperar la voz,
entre la muerte formal y los espacios liberantes del pensamiento de libertad y
justicia. Sin odios, pero insurgentes constantes para denunciar la cobardía y la
vileza de quienes mancillaron el uniforme patrio y todavía se arrastran en su
miseria, imperturbables y marciales. Que Dios los perdone.
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