|















| |
Obispado de Valparaíso encubre el asesinato del padre Miguel Woodward
Por Fred Bennetts
Artículo publicado en Revista "Punto Final" del 6 de diciembre, 2002
FUENTE: ZonaImpacto.cl
FECHA: 18 de diciembre del 2002
La Esmeralda: luminosa y siniestra.
Fred Bennetts, cuñado
del padre Woodward y
autor de este artículo
[Los subtítulos son de ZonaImpacto.cl]
Padre ¿por qué me has abandonado?
El padre Miguel Woodward Yriberri, hermano de mi mujer Patricia, murió en
septiembre 1973, tras ser brutalmente torturado por la Armada. El Obispado de
Valparaíso encubrió las circunstancias de su muerte y sigue haciéndolo. Otras
instituciones también nos han engañado. Es, sin embargo, particularmente
doloroso el comportamiento farisaico del Obispado de Valparaíso.
Miguel durante toda su vida fue un hombre bueno, pacífico y valiente que nunca
transigió sus ideales cristianos. De doble nacionalidad, fue educado en
Inglaterra pero regresó a su país de nacimiento, Chile, donde optó por la
iglesia de los pobres. Tras ejercer como párroco durante algún tiempo, trabajó
en los astilleros Las Habas de Valparaíso para luego incorporarse a Cescla, un
centro de capacitación laboral que era parte de la Universidad Católica. Militó
en el Mapu y presidía la Junta de Abastecimiento y Precios (JAP) de su
población. Sin renunciar nunca al sacerdocio, se distanció de la jerarquía y se
incorporó al movimiento Cristianos por el Socialismo. A sus 42 años tenía
previsto casarse.
Interrogado y torturado en la Esmeralda
Miguel fue detenido por la Armada el 21 de septiembre en su casa y llevado a las
cárceles instaladas en unos barcos atracados en el puerto. Fue interrogado tanto
en la Esmeralda como en el buque Lebu. Al día siguiente (según consta en el
Informe Rettig) fue examinado por un médico naval en el muelle, quien
diagnosticó que sufría graves daños internos. Murió camino al Hospital Naval,
que emitió un certificado de defunción "por paro cardio-respiratorio en la vía
pública".
El cuerpo de Miguel Woodward fue enterrado ilegalmente por la Armada en la fosa
común del Cementerio de Playa Ancha.
El 22 de septiembre, el periódico local "La Estrella" -del grupo Edwards-
publicó una noticia sobre Miguel (proveniente, evidentemente, de la Armada).
Hablando de él como "ex cura", decía que había sido detenido por la Armada y que
le estaban interrogando en el buque escuela Esmeralda. Según la noticia, "se le
encontró en su poder gran cantidad de propaganda extremista, programas de un
operativo para el día 17 y algunas infidencias relacionadas con su labor como
sacerdote en confesiones realizadas a muchachas de corta edad".
Pocos días después (cuando Miguel ya estaba muerto), publicaron una extensa
relación de mujeres supuestamente violadas por Miguel. Se supo posteriormente
que se trataba, en realidad, de una relación de nombres encontrada en su casa,
de vecinas que habían prometido preparar manjares para la fiesta con que se
celebraría su boda tras la ceremonia religiosa.
Silencio e indiferencia en el Obispado
Los jerarcas del Obispado nunca trataron de rectificar esta versión vil y
escabrosa de una vida que fue absolutamente ejemplar. Ni públicamente, después
del fin de la dictadura, ni desde los púlpitos mientras duraba ese régimen. Han
mantenido un cobarde y cómplice silencio hasta el día de hoy.
En cuanto a la familia de Miguel, sus padres y hermanos vivían fuera de Chile.
Patricia y yo nos enteramos en 1975, por medio de un refugiado chileno que fue
entrevistado en la prensa británica, que Miguel había sufrido torturas y había
sido asesinado. En nuestros intentos para conocer toda la verdad sobre su
muerte, acudimos, desde España, donde vivimos, a Amnistía Internacional. Más
tarde, pedimos la ayuda del Obispado de Valparaíso.
El 14 de febrero de 1983, Patricia escribió desde España al entonces Vicario
General, monseñor Jorge Bosagna, pidiendo información; no recibió respuesta. Un
año más tarde, escribió a su sucesor, monseñor Jorge Sapunar; recibió una breve
contestación adjuntando una copia del certificado de defunción de Miguel.
En diciembre de 1986, al visitar Valparaíso por primera vez desde la muerte de
Miguel, Patricia consiguió hablar por teléfono con monseñor Emilio Tagle, que
había sido obispo de Valparaíso al momento del golpe y que llegó a ser uno de
los defensores más incondicionales del régimen militar. Se acordó inmediatamente
de la muerte de Miguel, diciendo a Patricia que no sabía si a Miguel "le mataron
o le fusilaron", pero no quiso recibirla.
Más tarde, conseguimos entrevistarnos con monseñor Sapunar. No había sido
simpatizante del gobierno de la Unidad Popular y, según el libro publicado en el
año 2000 "Sangre sobre la Esmeralda" (Ediciones Cesoc) -cuyo autor es el padre
benedictino Edward Crouzet-, en algún momento monseñor Sapunar aceptó como
verídicas las acusaciones que "La Estrella" publicó en contra de Miguel.
La sordidez de los prelados
Durante la entrevista con Patricia, el 5 de enero de 1987, monseñor Sapunar dijo
no saber mucho sobre la muerte de Miguel. Algunas muertes de la época del golpe
iban aclarándose por esos días pero suponía que, en el caso de Miguel, las
autoridades tratarían se seguir ocultando la verdad. Sabía que se habían
cometido atrocidades por entonces con los presos -dos amigos suyos fueron
detenidos en el Lebu-.
Monseñor Sapunar se ofreció para tratar que monseñor Bosagna nos recibiera,
suponiendo (dijo) que, como cristiano, estaría dispuesto a hablar con nosotros.
El 20 de enero, fuimos recibidos por monseñor Bosagna, que aún trabajaba en las
oficinas de la diócesis y daba clases sobre Teología Moral y Ética en la
Universidad Católica.
Al inicio de la entrevista monseñor Bosagna quiso saber cuál era mi profesión y
si acaso era abogado. Al decirle que no, y ante la simple petición de Patricia
de conocer cualquier dato sobre lo ocurrido a Miguel, fuimos sometidos por
monseñor Bosagna a un intento burdo y despiadado de deshonrar su memoria. Hasta
tal punto de aberración llegaron sus descalificaciones de Miguel -absolutamente
contradictorias con los testimonios que habíamos escuchado de personas que
habían vivido y trabajado con él - que resultaron grotescas.
¡¿Apenas "un rasguño en la frente"?!
En cuanto a los acontecimientos después de la muerte de Miguel, monseñor Bosagna
dijo que el padre Stangher, capellán naval, había reconocido el cuerpo en la
morgue del Hospital Naval, y le había asegurado que no se le notaba más que un
rasguño en la frente (más tarde, el padre Stangher, al ser enfrentado con
testimonios opuestos, contestó escuetamente: "Es lo mismo que ustedes (los
ingleses) hicieron en Irlanda del Norte".
Monseñor Bosagna dijo conocer bien el Lebu. Había sido el capellán de la empresa
dueña del barco y, además, en los días después del golpe la Armada le había
facilitado una "oficina" en el barco, puesto que, como Vicario General, trataba
de "rescatar" varios sacerdotes detenidos en ese buque y en otras partes. Dijo
que la Armada había tratado a la Iglesia con gran "deferencia" en esos días pero
no descartó del todo la posibilidad de que hubieran maltratado a Miguel. Sin
embargo, negaba que se habían realizado torturas en el mismo Lebu: era
"demasiado pequeño" para esos fines, dijo.
Tras nuestra entrevista con monseñor Bosagna, Patricia denunció el caso de
Miguel en la Vicaría de la Solidaridad antes de que volviéramos a España. Esa
institución de la Iglesia chilena sí hizo un trabajo muy valioso por las
víctimas del régimen pero en el caso concreto de Miguel no pudo conseguir más
información. Más tarde, Patricia también denunció los hechos ante la Comisión
Rettig, ante la justicia española (dentro del sumario llevado por el juez
Baltazar Garzón), y ante las autoridades británicas.
El poco cristiano encubrimiento del Obispado
Posteriormente supimos que en los días después del golpe militar, monseñor
Bosagna viajó a Santiago, entrevistándose con unos parientes de Miguel. Estos ya
habían visitado Valparaíso en un intento por saber de Miguel y habían recibido
poca información del Obispado. Ahora, por lo visto, oyeron de monseñor Bosagna
referencias a la vida de Miguel similares a los que nos contaría años más tarde.
Este encubrimiento por parte del Obispado en el caso de Miguel tuvo, en el caso
de otros sacerdotes, tintes de complicidad activa con la Armada. Por varias
fuentes supimos que el Servicio de Inteligencia Naval (SIN) había tenido acceso
al archivo privado del Obispo de Valparaíso que contenía información
confidencial sobre los sacerdotes de la diócesis.
Además, varios sacerdotes que fueron interrogados con los ojos vendados, están
convencidos, por el contenido de las preguntas, que estaba presente alguien con
conocimientos teológicos.
Uno de ellos dijo que esa persona, presente en su interrogatorio, fue el Vicario
General, monseñor Bosagna. Sin embargo, ante estas gravísimas acusaciones
(algunas de las cuales fueron publicadas) la iglesia no sólo no reaccionó si no
que nombró a monseñor Bosagna como Vicario de Educación unos años más tarde.
Los contactos nuestros con el Obispado no tuvieron continuidad después de 1987.
En enero de 1987 Patricia escribió a monseñor Sapunar, recordándole que nos
había ofrecido su apoyo y el del abogado del Obispado para averiguar ante las
autoridades navales y otras fuentes, datos sobre la muerte de Miguel. No recibió
respuesta así que le escribió de nuevo en abril de 1987. Monseñor Sapunar
entonces contestó, asegurándole que estaría en contacto con nosotros cuando
tuviera cualquier información.
Obviamente Medina, Errázuriz y Duarte no hicieron esfuerzos
Desde entonces, no hemos recibido noticia alguna del Obispado y no nos consta
que hiciera algún esfuerzo por aclarar los hechos. Llama la atención que en esos
años pasaron por la diócesis de Valparaíso el actual cardenal Francisco Javier
Errázuriz y el actual cardenal Jorge Medina, que en el seminario había escrito
de Miguel que estaba "dotado de una bondad natural fuera de lo común".
Sí nos consta, sin embargo, que las relaciones de la jerarquía de la diócesis
con los altos mandos de la Armada -única posible fuente de información sobre la
muerte de Miguel-, pasaron a ser de una extrema cordialidad. Han sido frecuentes
las visitas de los jerarcas católicos para decir misa en la Esmeralda.
Sucesivos comandantes en jefe de la Armada han negado las conclusiones del
Informe Rettig sobre las torturas en la Esmeralda. No ha sido óbice para que
sucesivos obispos hayan participado junto con ellos en ceremonias tales como la
"renovación de la consagración de la Armada al Sagrado Corazón de Jesús y al
inmaculado Corazón de María".
El actual obispo Duarte, como ex Vicario General Castrense, es general en retiro
y presidió hace poco en la Catedral la "Vigilia de Armas" previa al juramento de
la bandera. Por entonces los componentes de la Agrupación de Familiares de
Detenidos Desaparecidos llevaban esperando varios meses para que el obispo
celebrara la liturgia en la Catedral que le habían pedido. La máxima autoridad
de la diócesis les había contestado que tendría que consultarlo "con sus
asesores" y la liturgia todavía no se ha celebrado.
Moviéndose en esos entornos, no resulta extraño que las autoridades eclesiales
de Valparaíso o no se enteraron de unos acontecimientos espeluznantes que
tuvieron lugar en el Cementerio de Playa Ancha al inicio de los años 90 o, si es
que se enteraron, no les daban importancia.
Hizo falta una visita nuestra a ese lugar en 1991 para saber que los cuerpos de
la fosa común, donde Miguel había sido inhumado ilegalmente por la Armada,
habían sido profanados por una exhumación igualmente ilegal.
Restos fueron quemados o lanzados al mar
Según nos dijeron, era consecuencia de una obra para dar paso a una nueva
carretera -que no ha sido construida hasta el día de hoy-. Algunos cuerpos
fueron tirados por los acantilados que dan al Océano Pacífico en ese lugar. Los
huesos de otros fueron quemados por Carabineros.
Denunciamos lo ocurrido pero en enero del año 2001, cuando visitamos de nuevo el
Cementerio, nos dimos cuenta que se habían reanudado las excavaciones y se veían
desparramados en el lugar de la fosa común huesos humanos, la ropa de algunos
difuntos y objetos quemados.
En ese mismo mes denunciamos la vergonzante situación de la fosa común ante la
ex Corporación de Reparación y Reconciliación en Santiago. Luego, dada la falta
de reacción de ésta, repetimos la denuncia ante el gobierno británico, que
requirió al gobierno chileno que tomase alguna acción -lo cual llevó a la
organización sucesora de la Corporación, el Programa de Derechos Humanos, a
presentar una denuncia por "inhumación ilegal".
No nos había parecido apropiado presentar la denuncia de estos hechos ante las
autoridades eclesiásticas durante nuestra estancia en Valparaíso el año 2001
porque, poco antes de nuestra llegada a Chile, recibimos una muy clara
demostración de las actitudes que seguían imperando en el Obispado.
Negaron la UCV para presentar obra sobre Woodward
Los organizadores de la presentación del libro "Sangre sobre la Esmeralda"
pidieron permiso para que dicho acto tuviese lugar en el Salón de Honor de la
Universidad Católica de Valparaíso (UCV). Miguel había sido académico de Cescla
y su alejamiento había sido "por razones exclusivamente políticas, sin que
existieran en su contra cargos por parte de la Universidad" -según consta en el
acuerdo del Consejo Superior de la misma en sesión extraordinaria de 31 de enero
de 1992-.
Sin embargo, el permiso para presentar el libro fue denegado por el
vicecanciller de la UCV (monseñor Sapunar) y por el Gran Canciller (el obispo).
No era un hecho aislado. Nos habíamos enterado en 1999 que el obispo Duarte
había pedido recoger información entre el clero de su diócesis sobre las
circunstancias en que murió Miguel. Nos consta que al menos un sacerdote le
había contestado, aportándole información muy significativa.
En julio del 2001, escribí al obispo Duarte, pidiéndole copia del informe. No me
contestó. Le escribí de nuevo, en agosto, con copia al cardenal Errázuriz.
Entonces me contestó, con fecha 6 de septiembre. En su carta el obispo Duarte
confirmó que había pedido información a sacerdotes de aquella época sobre la
muerte de Miguel.
Alguien mintió: un sacerdote o el Obispo
El obispo nos informó, en primer lugar, que les había garantizado completa
reserva "a fin de favorecer la entrega de información". No alegaba, sin embargo,
cuestiones de confidencialidad por no habernos informado sobre esa consulta,
obstáculo ese que, en todo caso, podría haberse subsanado, pidiendo autorización
a los sacerdotes para que fuese divulgada y protegiendo su anonimato si así lo
deseaban.
El motivo era otro: que fue "insatisfactoria" la respuesta. "Unos no contestaron
y los pocos que lo hicieron me expresaron que se trataba de un asunto muy triste
sobre el cual preferirían no volver". Añadió que algunos sacerdotes le habían
entregado dos documentos que el obispo adjuntó a su carta: uno era un artículo
de una revista española, escrito por Patricia; el otro era un artículo de una
revista inglesa.
Así que, el obispo afirmó explícitamente que las únicas reacciones que había
suscitado su pedido de información eran el envío de algunos artículos de
revistas y las respuestas de otros sacerdotes que preferirían no tratar el tema.
Existe, por lo tanto, una clara contradicción entre las declaraciones del obispo
de Valparaíso y las del sacerdote que nos dijo que le había transmitido, a
petición suya, información sobre la muerte de Miguel. Además, ocurre que el
testimonio de ese sacerdote fue de tal importancia que, al informarles nosotros,
al gobierno británico, a la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento
británico, y a la Conferencia de Obispos Católicos de Inglaterra y País de
Gales, instaron al gobierno chileno para que reabriese las investigaciones sobre
la muerte de Miguel.
No dudo, conociendo la trayectoria de cada uno, en optar por la versión de los
hechos del sacerdote que dice haber entregado esa información a su obispo. Por
lo tanto, creo que el obispo Duarte trató de ocultar ese testimonio tanto a la
familia de Miguel como a la justicia chilena, y que me mintió en su carta,
afirmando que no había recibido información alguna de su clero. Lógicamente me
pregunto ¿qué información adicional podría haber recibido el obispo que ahora
está ocultando?
¡Hasta Su Santidad guardó silencio!
Los demás contactos que hemos tenido con la jerarquía eclesiástica remontan a
una carta que enviamos desde España al Papa Juan Pablo II poco antes de su viaje
a Chile en abril de 1987. Le expresamos nuestro deseo de que fueran inculpados
los responsables de la muerte de Miguel, que fuese aclarado el papel del
Obispado de Valparaíso en este caso, y que fueran reconocidas la vida y el
trabajo de Miguel sin difamaciones.
Oportunamente el nuncio apostólico en España nos contestó que nuestra carta
había "llegado a su destino". No hubo más.
En cuanto al Primado de Chile: durante el año pasado nos enteramos con tristeza
que el arzobispo Francisco Javier Errázuriz había aprovechado su primera rueda
de prensa tras asumir su cardenalato en Roma para anunciar que la Iglesia
chilena renunciaba a querellarse por los asesinatos de sacerdotes llevados a
cabo por el régimen militar.
Acto seguido, cuestionó los motivos de algunas de las personas que estaban
buscando justicia para sus muertos, especulando que pudieran estar impulsados
por motivos de venganza y odio. Por fin, hizo referencia al precepto de
"justicia excesiva" ("summus ius, summus injuria").
Al regresar de Roma, el arzobispo pasó por Madrid y, a petición nuestra, nos
concedió una entrevista. Nos aseguró que no incluía a los parientes de los
sacerdotes entre los que, en su opinión, estaban motivados por venganza.
Haciendo referencia a la Mesa de Diálogo, sin embargo, consideró que las Fuerzas
Armadas se habían enfrentado a sus responsabilidades, tratando de aportar datos
sobre las violaciones de los derechos humanos. Hizo referencia al número
relativamente reducido de víctimas en Chile -unos mil, dijo- en comparación con
los treinta mil muertos y desaparecidos de Argentina.
El arzobispo nos felicitó por nuestra labor de recoger datos sobre Miguel pero,
en cuanto a la necesidad de rectificar las mentiras que se habían contado de él
(entre ellos que había muerto en un enfrentamiento armado), opinó que nadie las
habría creído en ese momento y que en el Chile de hoy ya nadie se preocupa por
ellas. Por fin, el cardenal se mostró visiblemente consternado al saber por
nosotros que el obispo Duarte había encargado un informe sobre la muerte de
Miguel.
La Iglesia chilena no ha rectificado las falsedades dirigidas contra
sacerdotes
La decadencia del Obispado de Valparaíso que he descrito hace parte de una
decadencia más generalizada, que atañe a muchos sectores de la sociedad chilena.
No deja de ser, sin embargo, particularmente repugnante el hecho de que una
institución fundada sobre principios de verdad y justicia pueda llegar a tales
niveles de inmoralidad y hipocresía.
A este respecto, no hace falta más que leer unas declaraciones del obispo de
Valparaíso del 6 de julio de 2001.
Tras su reunión con las familias de detenidos desaparecidos, dijo: "Este tema es
una herida abierta en el corazón de Chile... Me he comprometido a hacer un nuevo
llamado como obispo de Valparaíso a todas aquellas personas que tengan
información para que se acerquen a la Iglesia, que protegerá su anonimato e
identidad... Como nación tenemos que dar pasos importantes en esta materia y
confiar en el poder judicial del país".
En el año 2000 la Iglesia chilena, en una ceremonia pública, "pidió perdón" en
nombre de todos los cristianos, por los errores cometidos, incluidas las
violaciones de los derechos humanos. Sin embargo, la Iglesia chilena no sólo no
ha rectificado las falsedades dirigidas contra Miguel, contra otros sacerdotes y
contra tantas otras víctimas de la represión militar, sino que ni ha tratado de
restituirles su dignidad.
En todo caso no nos conformaríamos con gestos testimoniales. Queremos que la
jerarquía chilena abandone su pasividad y su práctica de componendas políticas
con respecto a los derechos humanos.
Queremos que las autoridades eclesiásticas se unan a la iglesia de base, la
iglesia de los pobres, reconociendo que Miguel Woodward y los demás asesinados
que pensaban como él -sacerdotes, compañeros de Partido, compañeros de las
universidades y otros-, eran hombres y mujeres que murieron por sus ideales y
que merecen toda nuestra admiración.
|