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PACTO DE HONOR a Miguel Woodward
Mapaz García Huidobro
Desde lo alto de los cerros observo la llegada del buque Esmeralda bajo un cielo
de nubarrones y viento. Una multitud espera en el muelle. Levanto los
binoculares y observo. Sus marinos y oficiales están formados en la cubierta. El
capitán está pasando revista. Da algunas órdenes y al fin se vuelve hacia el
puerto afirmando sus manos en la baranda. No ha cambiado, es el mismo hombre
alto y delgado que conocí hace 20 años. Sus ojos buscan entre la multitud. Pero
la cita es mañana.
Espero sentado en la Iglesia de la Matriz, frente a la placa que recuerda el
martirio de Miguel. Veo, como en una película vieja, la patrulla de marinos
irrumpiendo, golpeando, gritando, hasta que lo sacan ensangrentado. No volví a
saber de él hasta hoy, cuando apareció en la sacristía.
Acababa de terminar de dar la última misa cuando lo vi a mi lado. Fue extraño
que no lo reconociera de inmediato, porque en esta fecha siempre lo recuerdo.
Quise abrazarlo, pero me detuvo. Escúchame, -dijo y habló con voz calmada hasta
que asentí con mi cabeza.
Amanece; es la hora de la cita.
La bruma está entrando en el puerto y apenas distingo a los dos marinos junto a
la lancha que me llevan hasta el buque. Subo a la cubierta donde el capitán me
espera. No ha cambiado mucho, salvo los ojos que perdieron el color para
convertirse en algo desvaídoŠ vidrioso.
En la bodega es nuestra cita.
Bajamos las escalas. Los muros están pintados de azul. Antes eran blancos, pero
quedaron manchados; las manchas de sangre necesitan pintura nueva.
Lo recuerdo fumando en cubierta junto a los otros oficiales. Reían. Sólo se
distinguía la brasa encendida de los cigarros. Luego, las risas fueron acalladas
por los gritos de dolor cuando apagaron sus cigarros en mi espalda y en la de
mis compañeros.
Vuelvo a sentir el dolor. A oler la piel quemada.
Estamos frente a frente y lo veo mirando con miedo mi rostro. Retrocede,
tropieza y cae. Tiendo la mano para ayudarlo y se tapa el rostro con un brazo
para atajar un golpe que jamás le daré.
-¿Sabía que estaba torturando a un sacerdote?
-Sí, lo sabíamos. Era un hombre peligroso.
-¿Peligroso? ¿Qué daño le hizo a usted?
-Tenía ideas revolucionarias. Si no lo matábamos, él nos hubiera asesinado a
nosotros. Tenían planes, tenían armas, tenían todoŠ
-Sabe que no, que eso no es verdad -lo interrumpo. -Los sacerdotes no tienen
armas, no asesinan, no torturan. Usted sí.
Con movimiento doloroso, eleva su mano al corazón. Sé que le queda poco tiempo.
-Fue una época difícil. No lo entendería. -su respiración es agitada.
-Explíquemelo. Intentaré comprender.
-Usted no puede comprender. Fue un honor que nos concedieron. Por eso, porque la
Esmeralda significa el orgullo de nuestra marina y de Chile.
La mano se le enrosca al pecho, tratando de atrapar el dolor.
Subo, atrás queda ese anciano soberbio, como un títere desarticulado en el
suelo. Arriba siento el sol que despeja la niebla. Miro hacia lo alto, hacia los
cerros. Miguel se ha ido, yo he regresado.
A veces la memoria es el más victorioso de los regresos.
NO OLVIDARAS
a Miguel Woodward
Mapaz García Huidobro
Estuve en el Puerto de Valparaíso la semana pasada. Quería visitar nuevamente la
Iglesia de la Matriz, donde en su interior está la placa conmemorativa del
martirio que sufrió el sacerdote Miguel Woodward.
Pensé debía ir a verlo nuevamente. Decirle que... Pero ¿qué podía decirle a
alguien que murió torturado en 1973? Que la tortura y la muerte sólo valen
judicialmente a partir de 1988. Que su sufrimiento y asesinato quedará así, en
silencio; que no habrá justicia para él. Que ... Tantas cosas que quería decir.
Pero por sobre todo decir:
NO OLVIDAREMOS
La Iglesia está en penumbras, sólo la luz de la tarde que se filtra por las
ventanas ilumina la placa de bronce con su nombre. "Miguel Woodward Yriberry,
muerto por tortura, 1973". Estamos frente a frente. Un diálogo sin palabras de
su parte, sólo pensamientos que se entrecruzan.
-Me duele saber que su tortura, su asesinato no será condenado. Quería que no lo
olvidaran, quería que recordaran nuevamente, -pienso y su respuesta entra
devuelta en otro pensamiento, con otra voz interior:
¿Cómo podrían olvidar? Fuimos miles los torturados, los que desaparecimos. ¿Ya
no nos recuerdan?
No contesto, ¿qué puedo decir?
¿Siguen torturando y asesinando? No sólo acá, sino en todos lados, ¿verdad?
-siento su voz.
-Sí, y a veces deseo irme tan lejos como usted.
NO. Siga luchando. Busque los nombres de los sacerdotes Antonio Llidó,
desaparecido y André Jarlan, asesinado. De tantos otros. -me llega su tristeza.
-Ahora el General Pinochet está detenido en Londres y no lo juzgarán por delitos
cometidos antes de 1988 pero acá en Chile, sería aún peor, no lo tocarían, no se
atreven. -trato de explicar lo inexplicable.
¿Está detenido en Londres? Siento su extrañeza. ¡Qué curiosa es la vida, verdad?
Inglaterra... la tierra de mis ancestros.
Nos quedamos en silencio. -Debo irme. -le escucho. -Espero que alguna vez hagan
una ley, un nuevo mandamiento: NO OLVIDARÁS.
-No Olvidaré, -digo fuerte,
y el eco recorre la iglesia.
Escucho pasos que se alejan hacia la puerta que se abre y el viento tibio entra.
Afuera está el mar lejano y los ruidos cotidianos me rodean.
Miro el nombre escrito en su placa. La toco con los dedos. -Sí, seguiré luchando
para que no los olviden -digo y también yo salgo por esa puerta.
Afuera me espera la Hermana que me ha permitido entrar a la Iglesia de la
Matriz. -Gracias, pero ¿qué se hizo el Cristo de los Pobres que estaba mirando
al mar sentado en esa piedra? -señalo la roca cercana.
-Se rompió en el último terremoto -me explica.
-No puede ser Hermana, yo estuve sentada a sus pies hace menos de un mes.
Sonríe. Piensa que estoy bromeando. Estrecha mi mano, -adiós.
-Adiós -le contesto y no me atrevo a decir nada más. Bajo las escalas. El sol da
de lleno en los hombres míseros que sentados junto a sus perros me observan.
Ninguno extiende la mano, están en silencio, esperando.
Miguel Woodward, sacerdote anglochileno torturado hasta la muerte en la
'ESMERALDA', buque escuela de la Armada de Chile, que año tras año recorre el
mundo. La llaman La dama blanca. Pero está manchada con la sangre de muchas
víctimas del Golpe Militar de 1973.
FUENTE:
http://webs.demasiado.com/mapaz/dictadura/2000cuentos.html
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